Enviado por Jose el Mar, 01/10/2019 - 18:23
El emperador - Star Wars

Retorno de inversión

por Jose Salgado
Dirección | Finanzas y Seguros |  Martes, Octubre 1, 2019 - 18:23

Dicen que los cobardes son los que consuelan a las viudas de los valientes. Es posible que la broma de tener peligro como segundo apellido o directamente llamarse Juan Sin Miedo[1] sea un factor que permite a los que tienden a elevar su ritmo cardiaco si en vez ir al restaurante de siempre se lanzan a catar las excelencias de la cocina fusión ítalo-japonesa.

Pero también es cierto, y de esto en marketing se usa de forma extensiva, que nadie escribe libros sobre los que no toman riesgos, ni siquiera en la biblia[2] le dan un trato acorde con las enseñanzas de nuestras madres: no hagas el loco, ¿si tus amigos se tiran por un puente tu también te vas a tirar?, y otras lindezas como hombre prudente vale por dos. En resumen, los prudentes son aburridos, a nadie le interesa, pero al final suelen ser la mayoría por una simple cuestión estadística.

La clave está en una formula simple: a mayor riesgo[3] mayor recompensa. El problema es como definimos riesgo y como valoramos la recompensa. Hay desyerbados que por cuatro duros son capaces de jugarse la vida, y hay desesperados que se la juegan del mismo modo y no se aplica el concepto ni de valientes, ni de héroes sino más bien de desesperados.

Una frase, o más bien, una imagen que he tenido que escuchar durante mucho tiempo es la de emprendedor, la de la zona de confort, vamos, que todos somos unos perdedores y que no merecemos ni el aire que respiramos porque hemos optado por trabajar para vivir en vez de vivir para trabajar.

Uno detrás de otro, los cazadores de subvenciones públicas, nos bombardean con casos de éxito de emprendedores que sin nada más que una idea -y aquí esconden alguna información particularmente importante[4]- construyen imperios. No entran a ver que riesgo han asumido, ni que leyes se han pasado por el forro de los caprichos y mucho menos, si por su venas corría sangre azul -o verde para ser más exactos- el emprendedor era la estrella de muchas subvenciones orientadas a pagar a los conferenciantes.

Porque esto es otro tema, los que tienen una idea brillante, una idea que efectivamente puede ser un salto de calidad en la forma de trabajar o producir y no simplemente encontrar un recoveco legal par saltarse la ley y pagar menos, ven que sin amigos y familiares que no les importe perder cien mil o doscientos mil euros como si nada, su idea acabará en manos de inversores.

Hemos de recordar un detalle, los inversores no lo hacen por amor al arte -en su mayor parte- lo hacen para elevar el valor de la acción y vender. No están para hacer un mundo más ecológico, ni solidario ni mejor, lo hacen para ganar dinero, ya sea a costa del trabajador que explotan en formato freelance, a costa del estado a base de eludir impuestos o al propio emprendedor a base de robarle su empresa por puro músculo financiero y ampliaciones de capital.

Así que vemos que cualquier ser humano con una aversión al riesgo adecuada nunca invertirá si es de clase media, mediana edad, padre de familia y hipoteca. Toda su experiencia y conocimiento nunca estará destinada a mejorar porque no va a comer la locura de vender su alma, su familia, sus hijos y su piso que va a tener que seguir pagando durante otros treinta años más, para verse sin idea, sin empresa, sin casa, sin familia y sin hijos.

La ventaja es que en su lugar aparecerán los que tienen accesos a los resortes de poder, los que llamando y dejando caer su apellido verán como las puertas se abren, como no necesitarán accionistas más allá de los que vienen a cenar por navidad, y por lo tanto, no tendrá que soportar la presión de buscar más beneficio y para mayor gloria, podrán usar el poder que genera su lobby de contactos para cerrar contratos que estarían vedados a cualquiera que se llame Juan Nadie.

Con lo que por favor, el siguiente que me hable de emprendedores, de salir de la zona de confort y que me repita como un loro los casos de éxito, que tenga como mínimo el pudor de informarse, ver de donde sale cada uno, que riesgo ha asumido -si ha sido voluntario o por necesidad-, que tenga la bondad de contar hasta diez, mirar porque nadie ha publicado las cuatro verdades que todos en el sector conocen y que la prensa -oh, sorpresa- esconde deliberadamente para seguir colocándonos algunos anuncios, que en el fondo, acabamos pagando todos de nuestro bolsillo para beneficiar a los que no lo necesitan y a los que nos dicen que lo necesitamos.

Y dicho esto, quiero recalcar el respeto que tengo por los que emprenden[5] y los que realmente arriesgan. Pocos conocen el tiempo y el esfuerzo dedicado a abrir puertas a base de sudor, trabajo y talento.

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